sábado, 10 de marzo de 2012

EL AGATA

Cuando hablamos del ágata nos refierimos solamente a la calcedonia translúcida cuyo color está distribuido en bandas curvilíneas o en capas.  

      El ágata se forma gracias a la circulación del agua subterránea próxima a una saturación de silicio, llenando así la cavidad de una roca o disolviendo algún material preexistente como huesos o conchas. 
Como consecuencia de esto, el ágata se encuentra frecuentemente en estado de nódulos redondeados con bandas concéntricas como las del tronco de un árbol.

Estas bandas se asemejan a veces a unos ojos, a conchas o incluso a paisajes con árboles y ramas. Esta última variedad es llamada “ágata musgosa”.

El nombre de ágata viene del latín, de una palabra griega que designa el río “Achates”, en Sicilia donde este material fue encontrado en grandes cantidades. 

   El ágata fue uno de los primeros materiales conocidos por el hombre y según las leyendas, volvía a su portador amable y persuasivo. 
Se ha dicho que el ágata aliviaba el insomnio y procuraba dulces sueños.

Los sumerios fueron tal vez los primeros en utilizar el ágata para hacer sellos, collares, sortijas de sellos y otros artículos de joyería. 
La famosa colección de dos mil a cuatro mil copas acumulada por Mitrídates, Rey de Ponto, muestra a qué grado este mineral era apreciado. 
Las copas de ágata fueron también muy comunes durante la época bizantina, así como más tarde, durante el Renacimiento en Europa, la nobleza las coleccionaba. 

       Los persas, los árabes y otros pueblos de Oriente utilizaban el ágata, principalmente como anillos de sellos, sobre las cuales estaba grabado un versículo del Corán, el nombre de su propietario o algún símbolo o fórmula mágica que protegía a su portador de una gran cantidad de males.