viernes, 20 de marzo de 2015

LA MEDIA LUNA DE KAPURTHALA




El 28 de enero de 1908 una española de 17 años, sentada a lomo de un elefante lujosamente enjaezado, hace su entrada en una ciudad del norte de la India. 
El pueblo entero está en la calle rindiendo un cálido homenaje a la nueva princesa de tez tan blanca como las nieves del Himalaya. 
Así fue la boda de la andaluza Anita Delgado con el riquísimo Maharajá de Kaphurtala y así empezó una gran historia de amor y ambición alrededor de una joya.





Que un personaje tan poderoso económicamente y de tanta influencia como Jagatjit Singh se enamorara de una casi analfabeta bailarina de danza española, como lo era Anita Delgado, es un hecho increíble y bien podría tratarse de un cuento de hadas a no ser porque los acontecimientos históricos así lo reflejan. 




Existen uniones como la de Rainiero de Mónaco con la actriz Grace Kelly o la de Felipe de Borbón con la periodista Letizia Ortiz, que pueden servir de ejemplos contemporáneos, ellos príncipes y ellas de procederes tan distintos como las artes escénicas o el periodismo, pero no se pueden comparar dada la formación cultural de Grace o Letizia; en cambio, Anita se hizo reina solo por su gracia andaluza y su belleza según los cánones de la época.





En los días históricos en que el rey Alfonso XIII se casaba con Victoria Eugenia de Battenberg y la nobleza de todo el mundo se daba cita en Madrid, uno de los personajes invitados quedó prendado de la joven bailarina malagueña. 





El Maharajá de Kapurthala, de 34 años, aunque le doblaba la edad, quiso conocerla, pero cuentan que ella no sólo lo rechazó sino que lo hizo con la vehemencia andaluza. 
Los acontecimientos se precipitaron y los invitados abandonaron aprisa la capital española debido al atentado terrorista sufrido contra los reyes en la calle Mayor.





Jagatjit Singh no se quedó conforme con la respuesta y desde París insistió, pidiéndole en una carta que se casara con él. 
La joven andaluza viajó entonces a París y de ahí a la India, donde se casó.





La pareja se convirtió en unas de las más admiradas de la época, sus constantes viajes eran un imán para los reporteros gráficos, quienes los perseguían por todas partes. Y entre los exquisitos regalos con los que la agasajaba su marido, se encontraban las mejores joyas.





El culto a las joyas

Creyéndose divinos, los maharajás de la India hacían gala de una demostración extravagante de tesoros y posesiones que les hacía vivir en un mundo aparte. 
Todo, desde la pastilla de jabón más pequeña hasta los grandiosos palacios de mármol, todo era hecho para el maharajá. 
Vivían de la tierra y de las inmensas fortunas familiares amasadas durante generaciones a costa de sus súbditos.





En la época del Raj británico, estos príncipes construyeron algunos de los palacios más espectaculares de la India, decorándolos con lo mejor de cada lugar. 





Los edificios atesoraban carísimas alfombras, delicada porcelana, piezas de jade verde transparente y ámbar rojo y cantidades de marfil. 
Cartier para las joyas, Louis Vuitton para los artículos de piel y Rolls Royce para los coches, se convirtieron en los proveedores reales favoritos. 
Sólo comían en vajillas de porcelana de Royal Worcester o Minton y bebían únicamente en cristalerías de Lalique o Baccarat.





Los maharajás fueron también famosos por la ostentación de sus joyas. 
Les rendían verdadero culto, que era en ellos de naturaleza casi religiosa, pues atribuían a las piedras preciosas una esencia mística provista de inmensos poderes. 





Algunas de esas piezas databan de la época de los mogoles, quienes las habían regalado a sus favoritas. 
Otras eran encargadas a las casas más importantes como Cartier, Boucheron, Van Cleef & Arpels y Harry Winston.





El Maharajá de Kapurthala era un hombre culto que hablaba seis lenguas y a quien entusiasmaba la historia. 
También era un francófilo declarado que sentía fascinación por todo lo francés, desde la literatura hasta el arte, la comida, la moda, las mujeres y la arquitectura. 
De alguna manera intentó imbuir a Kapurthala de la joie de vivre parisina. 





Por ejemplo, contrató a algunos de los mejores arquitectos franceses para que construyeran una réplica de Versailles, incluso el personal debía vestir con uniformes franceses del siglo XVII, y encargó a Cartier piezas de joyería que hoy son legendarias.





Digna de una reina

En 1909, Anita acudió con su esposo al palacio de las mujeres, en el centro de la ciudad, para asistir a la puja del cumpleaños, una de las ceremonias consideradas íntimas por la familia. 
Esa nueva imposición del rajá hizo que la guerra fuera abierta entre el peso de la tradición, que reclamaban sus mujeres, y la voluntad del soberano. 
La maharaní caminaba erguida, el porte altivo, vestida con un sari que le ocultaba parte del rostro y adornada con las joyas que le había ido regalando el rajá. 
Llevaba en la frente una espléndida esmeralda en forma de medialuna.





“Como todo se pega con la convivencia, a mí se me contagió la afición que tenía mi marido por esas chucherías y poco a poco me iba haciendo con un joyero de bonitas piezas”, escribiría en su diario.


 



La esmeralda ha sido el último de los regalos, un capricho de Anita, que intuía que las joyas eran su única seguridad. 
Esta piedra su utilizaba para adornar al elefante más viejo de la cuadra de palacio, a modo de talismán protector, hasta que Anita, al asistir a su primer desfile, se fijó en ella. Iba cosida a un arnés de seda a la altura de los ojos y estaba rodeada de perlas.  

“Era una pena que un elefante luciese una esmeralda tan hermosa, así que se la pedí al rajá”.





Pero él pensaba que era demasiado grande y tosca para un adorno de mujer.  
Como quiera que Anita insistió tanto que el maharajá decidió regalársela el día que ella pudiese hablar bien el urdu. 
La joven se aplicó tanto que pasaba las tardes enteras estudiando en su alcoba. 
El día de su decimonoveno cumpleaños, el príncipe apareció en las habitaciones de la maharani muy temprano, seguido del viejo tesorero de palacio que portaba una gran bandeja de plata con un paquete. Dentro estaba la codiciada esmeralda.





La magnífica piedra era enorme y con los bordes engarzados en un fino marco de oro: tenía en las esquinas dos pequeños orificios. Con sumo cuidado, Anita le había hecho un boquetito y deslizado un hilillo dorado entre el engarce y la gema, a la altura de los dos ángulos de la luna. 


Anita Delgado


De ese modo, una vez peinada y oculto el hilo entre el cabello, la esmeralda resplandecería colgada sobre la frente como si verdaderamente fuese un tocado oriental hecho ex profeso. 

“Ya puedes decir que has conseguido la luna –le dijo el rajá-, aunque me ha costado trabajo dártela”.





Y es verdad, no había sido fácil. 
Quitarle la joya al elefante para dársela a Anita había supuesto un desafío a la tradición, un gesto que seguramente provocara cascadas de rumores. 
Pero lo había hecho adrede, para apoyar a su mujer, a sabiendas de que todo lo que hacía se escudriñaba y comentaba detalladamente en la corte. 

El rajá le ha regalado la luna del elefante.

La noticia no había tardado en extenderse. 
El mensaje subrepticio que conllevaba su decisión quería dejar bien sentado que era capaz de cualquier cosa por su mujer. 
Más que un regalo, había sido un acto político.

Anita, discreta y presente a la vez, le siguió el juego. 
Para la puja del cumpleaños había cuidado su atuendo y su maquillaje con esmero. 
Quería estar resplandeciente, porque inconscientemente sabía que ése era su mejor argumento.





El final

La rani malagueña que fue bailarina y vivió durante años en la India dejando atrás su pasado humilde, terminó separándose de su maharajá, quien le prohibió volver su país de adopción y la separó de su hijo. 
Anita se instaló en París, donde residió en su lujoso apartamento de la Avenida Víctor Hugo y su vida se tornó díscola, viviendo en una sucesión continua de festejos. 
Años más tarde fue fotografiada con su amante y amigo Ginés Rodríguez, su secretario durante su estancia en la India. Luego de la guerra civil regresó a Madrid, donde fijó su residencia hasta que falleció el 7 de julio de 1962.





Cuarenta y cinco años después, en 2007, ocho magníficas piezas de joyería de estilo art-déco que habían pertenecido a la quinta esposa de Jagatjit Singh, Maharajá de Kapurthala, fueron subastadas en Christie’s. Según palabras de Amin Jaffer, director de Arte Asiático de la célebre casa de subastas, las piezas unen el espléndido patrocinio indio con la mejor artesanía y diseño europeos.  
Lo que olvidó aclarar es que la medialuna de esmeralda que se encontraba entre ellas guardaba dentro de sí una triste historia de amor y ambición.





Fernando Gatto
Kaia Joyas Uruguay

LA PELEGRINA Y LA PEREGRINA




Con frecuencia, en el ambiente de la joyería, se han confundido dos de las perlas que son verdaderas bellezas famosas, la Pelegrina y la Peregrina, esta confusión es debida no sólo por lo parecido de los nombres, sino también por sus complicadas historias.





Las  dos perlas son muy distinta. 
La Peregrina casi es el doble que la Pelegrina en tamaño y en peso. 
Por eso ha sido más famosa la primera. También la forma es diferente: la Peregrina tiene forma de lágrima y la Pelegrina es oval.





La Pelegrina

El nombre de Pelegrina parece haber sido utilizado para referirse al menos a dos perlas naturales de diferentes formas, tamaños, origen e historia. 
Una, que se cree de origen sudamericano, con una historia de más de 350 años, tiene forma de pera y un peso de 133,16 carats. 
Otra, se originó a principios del siglo XX, con una forma esférica y un peso menor de 111.5 carats.





La palabra peregrina significa errante. 
La palabra pelegrina ha sido traducida por los historiadores de gemas como incomparable, pero no hay tal palabra en el idioma español que tenga este significado. 





Parece que la palabra pelegrina habría sido deliberadamente creada para rimar con la palabra peregrina, y sigue teniendo el significado de peregrino o errante, pero muestra una diferencia con el nombre original, ya que se refiere a una perla totalmente distinta con un peso de casi 70 carats menos que la original Pelegrina.





Esta piedra, sin duda, tiene todas las características deseables en los siete factores de valor GIA de una perla: tamaño, forma, color, brillo, calidad superficial, calidad de nácar y valor de venta.





La Pelegrina fue parte de las Joyas de la Corona española, siendo otorgada por el rey Felipe IV a su hija María Teresa cuando ésta se casó con Luis XIV de Francia en 1660. 
No se sabe exactamente cuándo la perla entró en la Joyas de la Corona de España, pero podría ser cualquier momento entre el siglo XVI, cuando las perlas fueron descubiertas por primera vez en las colonias españolas del Nuevo Mundo, y mediados del siglo XVII. 





Así, el origen de la perla podría ser cualquiera de las principales zonas productoras de perlas del Nuevo Mundo durante ese período, tales como las zonas costeras del Archipiélago de las Perlas en el Golfo de Panamá, las zonas costeras de Venezuela y las islas del Caribe.





Cuando el Rey Felipe IV asistió a las ceremonias por la boda de Luis XIV con su hija, se hizo presente en la Corte de Francia con otra famosa piedra de la Corona española, como un adorno de sombrero. 





Esta joya era nada menos que la perla de 223,8 carats en forma de pera llamada Peregrina, que tenía una procedencia más antigua que la Pelegrina. 

La paz de los Pirineos y el matrimonio español establecieron al rey Luis XIV como el monarca más poderoso de Europa.





Luego de 23 años de reinado como consorte del Rey Sol, María Teresa murió en 1683, y el destino de la perla Pelegrina después de su muerte y hasta que reapareció de nuevo en San Petersburgo en 1826, es incierto.





Una de las posibilidades indica que María Teresa habría legado la perla a su único hijo sobreviviente Le Grand Dauphin, Luis de Francia. 

A partir de él habría sido heredada a cada hijo primogénito convirtiéndose así en una joya de la corona de Francia y tal vez por esta vía llegara a manos de Luis XVI, el último de los monarcas Borbones, ejecutado durante la Revolución Francesa. 





Durante los disturbios de la Revolución el 17 de septiembre de 1792, seis hombres irrumpieron en la Garde Meuble, el erario público que albergaba las joyas de la corona y robaron algunas piezas importantes de joyería como el Diamante Sancy, el Azul Tavernier y el Regente. 





Tal vez podría haber estado La Pelegrina, que nunca se recuperó como el diamante Tavernier, y más tarde reapareció después de 20 años, el plazo de prescripción para el delito. 





El Tavernier reapareció en Londres en septiembre de 1812, exactamente 20 años después del robo. 
La Pelegrina por otro lado apareció en San Petersburgo, Rusia, en 1826, mucho después del plazo fijado en el estatuto de limitaciones y fue adquirida por la fabulosamente rica princesa Tatiana Youssoupov (Yusupov).





Si la perla hubiera sido parte de las Joyas de la Corona y hubiera tenido la suerte de escapar de las convulsiones de la Revolución Francesa, habría, sin duda, aparecido en las subastas públicas de las joyas en mayo de 1887, en una decisión adoptada por el Parlamento de la 3ª República. 





Pero, desde que la perla reapareció en 1826 en Rusia, era altamente improbable que éste hubiera sido el caso. 
En cualquier caso, no existe ningún documento que confirme que esta piedra haya existido entre las Joyas de la Corona francesa.





Otra posibilidad habría sido que la perla fuera heredada por Felipe, duque de Anjou (1683-1746), el segundo hijo del Gran Delfín, quien posteriormente se convirtió en el Rey de España como Felipe V.





Si este fuera el caso la Pelegrina habría vuelto a formar parte de las Joyas de la Corona de España durante este período y más tarde encontraría su camino a San Petersburgo, Rusia. 





Sin embargo, no hay pruebas documentales para demostrar que La Pelegrina alguna vez volviera a entrar en la Joyas de la Corona española.

La Pelegrina llega a la familia Yussupov en 1826

La Princesa Tatiana Vasillieva (1769-1841) se casó con el príncipe Nikolai Borisovich Yussupov en 1793. 
El príncipe Yussupov, Senador, Ministro de las Propiedades Estatales y Director de los Teatros Imperiales, era también mecenas de las artes, hablaba cinco idiomas y había servido bajo tres soberanos, Catalina la Grande, Pablo I y Alejandro I, como consejero privado y diplomático.





El príncipe Nikolai y la princesa Tatiana tenían un gusto apasionado por la joyería y adquirieron una colección que se hizo famosa. 





Ella adquirió el diamante redondo de talla brillante llamado Estrella Polar, de 40 quilates, y también varios aderezos procedentes de las Coronas de Francia y Nápoles. 
En 1826 también adquirió la perla Pelegrina de Felipe IV de España.





Después de la muerte de la princesa Tatiana en 1841, La Pelegrina fue heredada por el príncipe Boris y su esposa Zenaida Ivanova Narishkina. 

En 1849 el príncipe Boris fue sucedido por su único hijo, el príncipe Nikolai Borisovich Yussupov, quien también heredó la perla. 





El príncipe, Mariscal de la Corte Imperial, también fue un mecenas de las artes y un coleccionista y gran conocedor de joyas. Tiene fama de haber adquirido una gran colección de joyería, que incluía el famoso diamante gris azulado de 35,27 quilates, el Sultán de Marruecos. 





En el siglo XIX, la familia Yussupov poseía una de las tres colecciones de joyas más importantes del mundo, junto con la de los reyes de Inglaterra y la del Sha de Persia. 

Durante sus viajes por Europa el príncipe Nikolai compró un gran número de pinturas y otras obras de arte, así como una colección de violines, que luego adornarían el Palacio Yussupov.





Cuando el príncipe Nikolai murió en 1891, fue sucedido por su hija Zenaida, que era considerada una belleza legendaria. 

La Princesa Zenaida Nikoláievna Yusupova (1861-1939) se casó con el Conde Félix Felixovich Sumarokov (1856-1928), futuro Gobernador General de Moscú, y también heredó La Pelegrina. 





La princesa usaba la perla como un adorno de cabeza, coronada por otra perla histórica La Regente. 
A veces llevaba La Pelegrina como si fuera un solo pendiente.

El hijo de la princesa Zenaida, príncipe Félix Yussupov II, casó con Irina, nieta del zar Alejandro III. 
Prince se hizo famoso por su participación en el asesinato de Rasputín, el monje loco, justo antes de la revolución bolchevique de 1917. 





Después de los levantamientos de febrero, el príncipe Félix recogió algunas de sus más preciosas pertenencias, incluyendo gran parte de su valiosísima colección de joyas con la perla Pelegrina y se instaló en París.

Félix Yussupov vendió a Cartier la mayor parte de las joyas que trajo de Rusia, con excepción de la Pelegrina, que el príncipe no podía soportar desprenderse por su valor sentimental. 





No fue hasta el año 1953 que el príncipe Yussupov finalmente decidió vender la perla a Jean Lombard, el joyero de Ginebra.

El conocido joyero Jean Lombard estableció su negocio en 1936. 
Poco después de la Segunda Guerra Mundial, Lombard se reunió con Carl Theodor Fabergé, el nieto de Peter Carl Fabergé, el renombrado diseñador de joyas ruso. 





Ambos se asociaron y durante los siguientes veinte años crearon algunas piezas excepcionales de joyería, inspiradas en el Renacimiento. 

También estableció estrechas relaciones con la nobleza rusa que vivía en el exilio, incluyendo el príncipe Félix Yussupov, a quien en 1953 compró la famosa Pelegrina. 

Lombard tenía muchos coleccionistas europeos entre sus clientes y también fue joyero de la reina Federica de Grecia y de Faruk de Egipto. 





Lombard vendería la famosa perla a uno de sus clientes, un coleccionista que permaneció en el anonimato.

Este propietario anónimo la envió a subasta en Christie's de Ginebra en 1989. 

La Pelegrina era el lote 556 y fue descrita como una perla en forma de pera. 
La perla de 133,16 carat fue incorporada en un colgante de perlas y diamantes, con un diamante en forma de rosa foliada y un diamante circular encima. 





De acuerdo con el catálogo que Christie’s publicó para la subasta, la Pelegrina se confunde a menudo con la Peregrina, perla que se fue transmitiendo a través de la familia real española hasta que José Bonaparte la sacó del país en 1813.

La Pelegrina se vendió a un comprador anónimo por una suma récord de 463.800 dólares.





La Peregrina

La Peregrina es muy conocida por haber pertenecido a las joyas de la Corona española y porque en 1969 fue subastada en Nueva York, donde la compró el actor Richard Burton. 





La célebre perla acudió a la subasta con la premisa de ser la más perfecta del mundo. 
Así lo debieron creer los que pujaron pues se remató en 48.000 dólares, una cifra astronómica para ese entonces.

Considerada una de las gemas más valiosas y legendarias de la historia de Europa, la perla ha peregrinado por diversos países desde que fuera descubierta por un esclavo, en Panamá, hace más de 400 años, junto a una isla de los mares del Sur que por sus criaderos de perlas se llamó Margarita. 





Sin embargo, su apodo no se debe a su historial viajero, sino a su peculiar forma. 

En siglos anteriores, el adjetivo peregrino significaba raro, caprichoso, especial. 

Esta perla fue también llamada La sola o La margarita. 
Según un documento de la época, pesaba 58,5 quilates.





La perla pasó de mano en mano hasta que a fines del siglo XVI el Aguacil Mayor de Panamá, Diego de Tebes, la vendió al Consejo Real de Indias, con destino al rey de España. Doña Isabel de Portugal será la primera reina que luzca la Peregrina.

Al morir el Rey Prudente, el Inventario Real de los bienes que se hallaron en el guardajoyas del rey Felipe II, la describe así:





Una perla pinjante en forma de pera de buen color y buen agua, con un pernito de oro por remate, esmaltado de blanco, que con él pesa 71 quilates y medio. Compróse por el Consejo Real de las Indias de don Diego de Tebes en 9.000 ducados. Tasóse por Francisco Reynalte y Pedro Cerdeño, plateros de oro y lapidarios del Rey nuestro señor, en 8.748 ducados. Tiénela la Reyna, nuestra señora.





Esta descripción es la más completa que se posee. 
De ella se puede deducir que el peso de la perla era aproximadamente de unos 14 gramos y su tamaño el de un huevo de paloma. 
La perla más perfecta del mundo ya era parte del tesoro de la Corona española.





Se suele repetir que Felipe II se la regaló a su nueva esposa, la reina inglesa María Tudor, y de hecho ella luce una gran perla en el famoso retrato pintado por Antonio Moro. Pero si la fecha de compra 1579-80 fuese cierta, para entonces la reina había fallecido y su perla sería otra.

Lo cierto es que la perla no salió de España, pues se encuentra en la relación de las Joyas de Estado.





La Peregrina prendida de un broche o joyel –El Joyel de los Austrias, junto con el diamante Estanque, fue lucida por las sucesivas reinas que ocuparon el trono español. 

Las perlas en forma de lágrima son muy apreciadas por su belleza y escasez, y es por ello que la Peregrina se convirtió en objeto de deseo de la realeza de la época. 





La reina Margarita de Austria la lució con dicho broche en su retrato ecuestre terminado por Velázquez y también su esposo Felipe III la lleva, prendida de su sombrero (in el broche, en el retrato que hace pareja con aquél.





De Madrid a Francia e Inglaterra

La Peregrina pertenecía a un grupo de joyas de la corona que los reyes debían transmitir de padres a hijos. 
Como la colección de cuadros, que fue el germen del posterior Museo del Prado, estas joyas tenían un valor histórico y simbólico y los reyes debían asegurar su conservación. 





La perla fue propiedad de las sucesivas reinas de España, que la lucieron en sombreros y aderezos. 
Su pista puede seguirse a través de los inventarios y testamentos reales.

La pieza permaneció en España hasta 1808, cuando el rey invasor José Bonaparte ordenó que le entregasen las joyas de los Borbones españoles, ya exiliados. 





Fue enviada entonces a su esposa, que residía en París, pero años después de perder el trono español el matrimonio se separó y Bonaparte marchó a Estados Unidos, con una amante y con la perla.

Cuando José Bonaparte regresó a Europa, se trajo la perla consigo. 
Se cree que dispuso en su testamento que se la entregara al futuro Napoleón III, quien debió venderla hacia 1848 por problemas económicos. 





Se la compró el marqués de Abercorn, cuya esposa la lució en París, en un baile en el Palacio de las Tullerías. 
Como ella se negó a taladrar la perla para engarzarla mejor, era muy fácil que se desprendiera, si bien no llegó a extraviarse.





La Peregrina cruza el Atlántico

En 1969 la Peregrina sale a subasta. 
Se cuenta que la Casa Real española intentó entorpecer la venta afirmando que esta perla no era la auténtica. 

Los Borbones españoles tenían otra, regalada por Alfonso XIII a su esposa, y afirmaron que era la Peregrina. 
Sin embargo, al menos parte de la familia Borbón sabía cuál era la auténtica; Alfonso de Borbón y Dampierre participó en la subasta de Nueva York, si bien su oferta resultó insuficiente.





Según documentación desvelada recientemente, ya en 1914 Alfonso XIII sabía que la Peregrina había sido vendida por los Abercorn a una joyería inglesa. 

Consta que se la ofrecieron al rey y que le remitieron fotografías de ella. 
No llegaron a un trato, y acaso fue entonces cuando Alfonso XIII obtuvo una segunda perla, que sería la mostrada por su viuda en 1969.

Sea como fuere, la Peregrina pasó por dos coleccionistas más y fue subastada el día 23 de enero de 1969 por la sala Parke Bennet en Nueva York. 





La mayor parte de los que pujaron se detuvieron en los 15.000 dólares. 
Hasta los 20.000 llegó Alfonso de Borbón Dampierre. 

El actor Richard Burton la adquirió, por medio de un intermediario, por 37.000 dólares, como regalo a su amada Elizabeth Taylor, quien la incorporaría a un collar de rubíes y diamantes, diseñado por Cartier, joya que hizo de la Peregrina, todavía más, una pieza de valor incalculable.





El 24 de enero, Luis Martínez de Irujo, Duque de Alba, jefe de la Casa de la Reina Victoria Eugenia, negaba la autenticidad de la perla subastada y exhibió otra que pretendía ser la auténtica, recibida de Alfonso XIII con motivo de su boda. 

Tanto la casa de subastas como diversos especialistas negaron veracidad a esa atribución. 
Esa presunta Peregrina fue legada a Juan de Borbón, hijo de Victoria Eugenia, y cuando éste renunció a sus derechos dinásticos en 1977, le fue transmitida al rey de España Juan Carlos I. 





Ha sido lucida varias veces por la reina Sofía, y algunos funcionarios de la casa real española siguen manteniendo que es ésa la verdadera Peregrina.

La Pelegrina II

Una segunda perla originada a principios del siglo XX con un peso de 111,5 carats, forma perfectamente esférica y un raro color blanco plateado se le dio también el nombre de Pelegrina, pero para diferenciarla de sus hermanas se le agregó el II. 





El origen de esta perla, que también pertenecía a la Corona española, no se conoce con exactitud. 

Parece que Alfonso XIII, Rey de España durante 1902-1931, dio la perla engarzada en un broche a su consorte, Victoria Eugenia de Battenberg, como un regalo de boda en 1906. 





La pieza parece haber permanecido como parte de las Joyas de la familia real, a pesar de la caída de la monarquía en 1931 y su posterior restauración como monarquía constitucional en 1978, siendo pasada desde entonces como herencia familiar desde Victoria Eugenia hasta la actual Reina Sofía, quien la tiene actualmente.





En la época en que la original Pelegrina fue subastada en 1989 en Ginebra, el duque de Alba celebró una conferencia de prensa y afirmó que la verdadera Pelegrina estaba en manos de la familia real española, pero la afirmación no pudo ser fundamentada.





Fernando Gatto
Kaia Joyas Uruguay