lunes, 1 de febrero de 2016

LA LEYENDA DE LA OLIVINA DE LANZAROTE






Lanzarote es la tierra del fuego. Su subsuelo palpita y su interior incandescente se muestra constantemente. 





El fuego de los volcanes han sacudido constantemente la vida de esta isla. 
Por ello, sus habitantes han buscado siempre la vida junta al mar, en busca del agua y el viento. 





Uno de ellos era Tomás el Viejo, un campesino que vivía junto a la Playa de Papagayo, en el macizo de Puerto Mulas.





Tomás tenía una sobrina, de nombre Olivina, una adolescente de piel morena tostada al sol y de profundos ojos verdes, que en el verano pasaba con él los días para ayudarle en las tareas de la casa.





La joven era bastante despistada, pero lo suplía con un especial encanto que maravillaba a su viejo abuelo.





Todas las mañanas Tomás salía por la vereda del risco y llevaba a sus cabras a pastar a los lugares más recónditos para que se criaran fuertes y sanas. 
Pero uno de esos días el sol de la isla pudo con el hombre y llegó a casa antes de lo previsto con una fuerte insolación.





A pesar de lo mal que se encontraba Tomás, las cabras debían seguir pastando o si no también enfermarían por las altas temperatura. 
Tomás, en otras circunstancia no habría permitido que Olivina saliera de casa con las rumiantes, pero no quedaban más opciones.




Así que advirtió a su nieta: “queda en tu mano cuidar a las cabras, no permitas que le pase nada a ninguna”. 
Dicho esto, Olivina se preparó e hizo el mismo recorrido que su abuelo hacía cada día.





Durante el camino, Olivina se entretuvo buscando flores para llevárselas a su abuelo y también en encontrar otros y mejores llanos para que pastaran los animales. 





Ahora bien, sus descuidos con los animales no trajo ninguna consecuencia, pero cuando llegó el momento de la bajada, con el recuento, echó en falta a una de las cabras. 
De pronto la vio subida en un desfiladero de rocas sin poder moverse.





Apresuró el paso tentando la caída varias veces y agarró una de las patas del animal, pero este se asustó y cayó por el precipicio. 
Olivina estaba totalmente paralizada, pero sabía que debía correr a guiar al resto de las cabras.





Junto a las  ovejas, en la orilla del mar, Olivina rompió a llorar. 
De sus ojos verde empezaron a brotar lágrimas del mismo color que caían sobre el agua del mar y que permanecían en la superficie en forma de gotas. 





Aquel sufrimiento y llanto de la joven llegó a conocimiento de la diosa Timanfaya, la cual conmovida por aquella escena, ordenó a un grupo de gaviotas que bajaran hasta la playa y recogieran con sus picos aquellas lágrimas verdes y las mezclara con  las piedras volcánicas que había en la playa. 





Piedra y lágrimas se unieron formando el olivino, como símbolo de la bondad humana, que hoy conocemos. 





Fernando Gatto
Kaia Joyas Uruguay

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