viernes, 11 de enero de 2013

ORFEBRERÍA DE OAXACA


Tres tipos de orfebrería han persistido en Oaxaca: la prehispánica o mesoamericana, el de cartoneado o filigrana y la colonial, que se desarrollaron durante los siglos del virreinato.







El hallazgo de la Tumba 7 de Monte Albán por Alfonso Caso, el 9 de enero de 1932, trajo el redescubrimiento de las técnicas orfebres de la cultura Mixteca; paciente y constantemente se fue conformando en Oaxaca un estilo propio basado en la tradición mesoamericana para trabajar los metales y para volver a recrear un pendiente de oro, un collar o brazalete mixteco. Pero también se siguen trabajando las viejas formas del cartoneado y la filigrana y la joyería colonial, aunque con adaptaciones de elementos de la naturaleza: enredaderas, hojas, flores o figuras tomadas de la herrería mudéjar con montajes de perlas.

Ya desde el primer tercio del siglo XX, en Oaxaca había destacados maestros orfebres que heredaron viejas tradiciones para trabajar los metales preciosos: Manuel Velasco, Eduardo López, José María Ortiz y su hermano, Carlos, que más le atrajo volverse gambusino, o buscador de metales, que artesano, y la familia Rojas Calvo, conformada por Rogelio Rojas González y María Teresa Calvo, hija de Rosa Quevedo, quienes iniciaron sus trabajos de orfebrería en los años treinta e inicios de los cuarenta.







De Carlos y José se derivaron otros grandes maestros oaxaqueños de la orfebrería y joyería como Heriberto Pazos, casado con una hija de don Carlos, Luz Ortiz; Jorge Montealegre; Fausto Vargas, que colaboró con José Ortiz en la elaboración de la famosísima corona de la Virgen de la Soledad - corona hecha gracias a la colaboración del pueblo oaxaqueño, que lamentablemente fue robada hace poco tiempo-, y los hermanos Francisco y Alfonso Vargas; casi todos ellos trabajaron elaborando joyas para Rosita Quevedo Manzano, iniciada en la década de los treinta y que heredaría a su hija y nietos una manera muy peculiar de trabajar el oro y la plata basándose siempre en las técnicas manuales tradicionales. 

Comercializaba diversas mercancías, entre otras, joyas; con el tiempo decidió dedicarse únicamente a este giro y así estableció un táller en la avenida Independencia donde se puso a diseñar, copiar o estilizar sus propias creaciones en metal. 
El oro era traído de las montaña y ríos hasta Oaxaca por los indígenas en forma de bolitas desde San Miguel Peras, Peñoles, Natividad de Sierra Juárez, El Parían y otros lugares; pero al principio, la señora Quevedo Manzano y sus dos hijos pequeños, Teresa y Santos, se subían al tren para ir a buscar el oro en los pueblos vecinos. 
Ella fue pionera, junto con don Manuel Velasco y otros, en la orfebrería oaxaqueña contemporánea.







Luz Ortiz narra que el maestro Alfonso Caso, cuando encontró las joyas de Monte Albán, les pidió a José y Carlos Ortiz limpiarlas sin imaginar aún la riqueza material, histórica y artística que había encontrado.

En la conservación de esta obra plástica, la orfebrería, ha habido diferentes familias que han sobresalido hasta nuestros días por su dedicación y respeto por los cánones estéticos.

La época de los años treinta no era todo lo segura que debiese de haber sido. 
La pacificación del México post-revolucionario hacía inseguros los caminos. 
Rosita Quevedo se enfrentó a que el tren se descarrilara en varias ocasiones cuando viajaba hasta las ciudades de Puebla y México para vender sus joyas.

Con el tiempo, los indígenas gambusinos empezaron a venir hasta su casa para vender las "pellas" o bolitas de oro, como le llamaban a las pepitas metálicas. 
El proceso de pesar, comprar, regatear y pagar el oro podía llevar varios días, por lo que las caravanas que bajaban de la sierra se posesionaban de los pasillos, jardines y largos corredores de la casa de la familia Quevedo. 







Los portales de la vivienda se convertían en una romería: niños, aves, música, flores, sabores y texturas se mezclaban, en el proceso de recibir el resplandeciente metal que era introducido por los dos hijos de Rosita Quevedo, Teresa y Santos, en una olla de barro con ceniza; el oro se colocaba sobre carbón de ocote, se fundía con la ayuda de una fragua y se enfriaba para purificarlo. 
Esta cita con los indígenas gambusinos tenía lugar, por lo general, durante Semana Santa o en Todos Santos.

La consolidación, como mujer continuadora de la joyería oaxaqueña a fines de los años cuarenta e inicio de los cincuenta. Como dato curioso, para ese momento, Rosa Quevedo no era mujer dedicada a la orfebrería. 
La orfebrería se habían vuelto, así como su comercialización, una actividad netamente femenina donde había otras mujeres: María Domínguez, Cleotilde García de Velasco, también experta conocedora de perlas, las señoritas Arenas y Catalina Cortéz de Rueda, fundadora de una dinastía dedicada a la orfebrería que hasta el día de hoy continúan sus hijos.







El trabajador hacía piezas de oro y plata y las mujeres las "vestían" con perlas, corales, diamantes, etcétera, y de ahí iban al parador.

Hasta los años cincuenta, el oro y la plata eran de uso común entre la gente; a diferencia de la Colonia, no sólo las mujeres de alta posición socioeconómica usaban oro, sino también las mujeres humildes del pueblo, las indígenas que venían a ofrecer sus mercancías a los mercados y quienes usaban las joyas como parte vital de su indumentaria y cosmovisión: ... en los mercados populares suelen verse las modestas vendedoras luciendo grandes arracadas de oro, gruesas cadenas y cruces del mismo metal, que sorprenden en esas mujeres, envueltas en ropas pobres, ofrecen puñitos de apio o flores de calabaza. 
Estas mujeres obtienen sus joyas en abonos:
Todas las mañanas el abonero hace un recorrido por el mercado, y las puesteras le entregan su pieza de diez centavos a cuenta de los hermosos aretes de oro que lucen, y que en algunas ocasiones les rozan los morenos hombros desnudos.







Hasta la década de los sesenta, el trabajo en la orfebrería y joyería oaxaqueña era muy rígido. 
Los padres buscaban que sus hijos se ocuparán en una actividad productiva, para ello los mandaban a aprender el oficio con un maestro y, si al maestro no le gustaba la pieza hecha por el aprendiz u oficial, la tomaba, le daba un martillazo y la arrojaba a la fragua para repetirla hasta lograra la calidad requerida.
  






Hacia los años setenta, la familia de Rosita Quevedo lo mismo trabajaba las artesanías oaxaqueñas que la joyería, llegando a tener un gran espacio, una sala de exposición, donde se podía ver trabajar a los orfebres en El Palacio de las Artesanías.

Este ambicioso proyecto, El Palacio de las artesanías, fracasó por cuestiones administrativas y otros motivos. Había que partir de cero y con algunos orfebres, no más de diez, encabezados por María Teresa Calvo hija de doña Rosa, decidieron volver a iniciar la aventura de nuevo; si sus padres habían trabajado por generaciones con la familia Quevedo, sus hijos también lo harían y así, en una vieja bodega, se empezó un fino trabajo de filigrana en oro y plata; además del tejido administrativo y comercial se requería un hilado que resanara los efectos de la quiebra y gracias a un crédito conseguido, al tesón y a una firme voluntad se levantó de nuevo la joyería y se reconquistó al público. 







Aquí cabe destacar la participación de Rogelio Rojas Calvo en el proceso de apertura del mercado nacional y de nuevas plazas de comercialización. Así de una empresa oaxaqueña de 10 familias se pasó a más de cien hoy en día. Se introdujo el concepto de control de calidad en las piezas y se empezó a participar en exposiciones nacionales e internacionales; todo esto se da como una evolución natural dentro de la producción y distribución de la joyería oaxaqueña en la actualidad.







Un paso importante fue definir en 1985 un estilo característico de las joyas, pues antes lo mismo se copiaba un modelo indígena, un modelo contemporáneo, que uno español o francés. A partir de esta fecha se redefine el rumbo de la joyería y ahora sólo se basaría en los modelos tradicionales oaxaqueños, en los diseños antiguos indígenas y en otras joyas con influencia europea para obtener la "orfebrería oaxaqueña" actual. 

La familia Rojas Calvo trabajó la joyería con sus propias manos, además de haber ido adquiriendo la ilustración necesaria en libros, códices, mapas, herrería y fachadas para escoger los diseños por consenso; junto con los orfebres, aprueban o rechazan los bocetos; en esto las relaciones interpersonales entre los artistas del oro y la plata es básica para la conservación.







Hoy en día se trabajan diseños básicos tomados de las joyas descubiertas por Alfonso Caso, aunque con una dimensión distinta por cuestiones de comercialización, y aquí valdría marcar una diferencia entre la joyería actual y la prehispánica o colonial. Antes, según Alfonso Caso, las joyas preciosas y la orfebrería cumplían en Oaxaca, así como en Mesoamérica, un papel ritual, místico o simbólico del poder; eran las ofrendas para las castas especiales o para las deidades, para agradar a los dioses; pero hoy en día no es así, la orfebrería está sujeta a los rigores del mercado; pero a pesar de esto, se busca conservar la calidad y la cosmovisión del sentir oaxaqueño en cada pieza trabajada a mano.







Si se ha conservado la orfebrería "oaxaqueña" se debe no sólo a factores de demanda internacional, sino también a que hay manos dispuestas a aplicar su tradición milenaria, heredada de generación en generación, de padres a hijos, en la elaboración de piezas artísticas que de alguna manera reflejan la sensibilidad y cosmovisión actual del oaxaqueño.

La mano oaxaqueña aún conserva su acabado fino en sus armoniosas y diferentes combinaciones de colores y texturas del oro, con motivos de la naturaleza, flores, hojas, enramados y figuras zoomorfas.

En la actualidad hay familiares indirectos de los joyeros o discípulos que trabajan con los Ortiz, Pazos o Vargas, quienes desarrollaron las tres técnicas de la orfebrería prehispánica, filigrana y colonial, sin que tuvieran una línea específica para trabajar.

Fuente http://virtual.utm.mx







Fernando Gatto
Kaia Joyas Uruguay

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