lunes, 26 de agosto de 2013

LA LEYENDA DE LAS JOYAS DE CATALINA LA GRANDE





Si hay una mujer amante de las joyas que la Historia recuerda como poderosa, ambiciosa y descorazonada… esa es Catalina II la Grande, emperatriz de Rusia, cuyo nombre verdadero no era tal, sino Sofia Augusta Federica. 







Capaz de asesinar, entre otros, a su odiado marido Pedro III para hacerse con el control absoluto dice mucho de su personalidad y augura interesantes y turbias leyendas y curiosidades durante su matrimonio y su mandado.







Su matrimonio comienza con la boda más cara de la historia donde la principal joya fue el mismo vestido que lució, de 80 kilos de peso con aplicaciones de plata y oro. 







Con 16 años su madre la entregó al adinerado duque Pedro, quien al poco se convirtió en el Zar de Rusia.  Catalina, una mujer atractiva y deseada por muchos varones fue fiel a la relación, mientras su esposo se distraía jugando con soldaditos de plomo y persiguiendo doncellas por su palacio. 
Tras ocho años de virginidad, Catalina no estaba dispuesta a quedarse sin heredero y, según cuentan, comenzó una fogosa vida fuera del matrimonio. Amigo de su marido, el apuesto noble Sergey Saltykov fue considerado como el amante oficial de la emperatriz y padre del futuro Zar de Rusia Pablo I.







Al enterarse de sus deslices frecuentes, el Zar Pedro la exigió fidelidad con amenazas, a lo que ella respondió con una revuelta llevada a cabo por sus propios amantes, entre ellos los hermanos Orlov, quienes asesinaron a Pedro y entregaron el poder a Catalina.







Catalina II La Grande fue siempre una gran apasionada del arte, el lujo y las joyas. 
Una vez se hizo con el poder absoluto, su gusto y derroche por el lujo y las riquezas la llevó a construir un palacio para cada uno de sus 80 amantes. 
Y como no podía ser menos, acumuló una inmensa colección de joyas como símbolo de su hegemonía. La gran mayoría de las piezas se encuentran en el Museo Hermitage de San Petersburgo, aunque más de una ha sido subastada en ediciones de alta joyería.







Algunas de esas joyas tienen su leyenda que las hace más especiales aún. Por ejemplo, el Diamante Orloff (también se encuentra escrito como Orlov) de 300 quilates en su estado original y 190 una vez tallado para ser engastado en el centro de los zares.

Cuentan que este Diamante fue utilizado como el ojo de la estatua de Sri Ranganatha, deidad a la que se había consagrado el templo hindú de Srirangam en el sur de la India. Un soldado francés lo robó en el siglo XVII y consiguió un comprador de la extraordinaria pieza. 







Tras idas y venidas, cayó en manos del conde Orlov, quien años antes de tal adquisición había tenido un romance con una princesa alemana llamada Sofia Augusta Federica. 
El conde Orlov ansiaba revivir aquel antiguo romance y sabiendo que Catalina deseaba poseer el diamante, se lo regaló. 
A pesar de que Catalina La Grande no quería más de él que encuentros sexuales puntuales, le hizo varios favores, entre ellos regalarle el Palacio de Mármol de San Petersburgo. 
La emperatriz hizo engastar el magnífico Diamante en su cetro real.




Detalle de su vestido de casamiento



Otra de las Joyas de Catalina es un fabuloso broche que mandó crear ella misma. 
Se trata de una esmeralda colombiana de 60 a 70 quilates engastada en un broche con diamantes tallados en forma de rosas. 
El broche fue un regalo para la segunda mujer de su hijo Pablo I, la princesa María Fiodorovna. 
En junio de 2010 fue vendido por 1,23 millones de euros en una subasta en Christie’s y adquirida por un coleccionista privado ruso que cerró la operación por teléfono y nunca se reveló su identidad.







Una de las piezas más importantes que poseía era un collar de 389 perlas con un broche que representaba a la mismísima emperatriz. 
Actualmente el collar se ha depreciado ya que, de las 389 perlas iniciales, tiene 224 y está rematado con dos broches de Cartier de diamantes. 
En 1920 Horacio Elgin, creador de los coches Dodge, lo compró como regalo para su esposa por 825.000 dólares. 
Ahora costaría unos 8 millones de dólares.







Cuentan que al final de sus días, Catalina la Grande traicionó su promesa de no entregar jamás su corazón a ninguno de sus amantes. 
Se enamoró de un hombre humilde, que a diferencia de Pedro no pudo darle joyas ni lujos, pero si honestidad y entrega.







Fernando Gatto
Kaia Joyas Uruguay

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