martes, 9 de mayo de 2017

LAS JOYAS DE UNA MADRE






Mismo siendo orfebre y dedicándome a la venta de joyas, me parece esta historia una de las mas tiernas que he oído.





Era una mañana soleada en la ciudad hace muchos cientos de años. 
En una casa de verano cubierta de viñas, en un hermoso jardín, dos chicos estaban de pie, mirando a su madre ya su amiga, que caminaban entre las flores y los árboles.




-¿Has visto alguna vez una señora tan linda como la amiga de nuestra madre? -preguntó el mas joven, sosteniendo la mano de su hermano mayor. -Parece una reina.




-Pero no es tan hermosa como nuestra madre -dijo el muchacho mayor. Tiene un buen vestido, es cierto, pero su cara no es noble y amable, es nuestra madre quien es como una reina.

-Eso es cierto -dijo el otro-. "No hay mujer que se parezca tanto a una reina como nuestra querida madre."



Pronto Cornelia, su madre, dejó de caminar para hablar con ellos. 
Simplemente vestía una bata blanca y lisa. Sus brazos y pies estaban desnudos, como era costumbre en aquellos días, y no había anillos o cadenas que brillaran sobre sus manos y cuello. 
Su única corona, eran unas largas trenzas de suave cabello castaño que se enrollaban alrededor de su cabeza y una tierna sonrisa iluminó su noble rostro mientras miraba a los ojos orgullosos de sus hijos.




Muchachos, dijo, tengo algo que decirte.

Se inclinaron ante ella, y dijeron: 

-¿Qué pasa, madre?

-Mi amiga va a cenar con nosotros hoy, aquí en el jardín, y entonces nos mostrará ese maravilloso baúl de joyas de que tanto han oído.




Los hermanos miraban tímidamente al amigo de su madre. 
¿Era posible que tuviera otros anillos además de los de sus dedos? 
¿Podría ella tener otras gemas además de las que brillaban alrededor de su cuello?




La comida fue al aire libre y era muy simple y cuando terminó, un sirviente trajo el baúl de la casa. 
La señora lo abrió. 
¡Ah, cómo esas joyas deslumbraron los ojos de los muchachos! 
Había cuerdas de perlas, blancas como la leche, y lisas como satén, montones de brillantes rubíes, rojos como las brasas brillantes, zafiros tan azules como el cielo ese día de verano y diamantes que destellaban y brillaban como la luz del sol.




Los hermanos miraron largo a las gemas.

-¡Ah! -susurró el joven-, si nuestra madre sólo pudiera tener cosas tan hermosas.

Por fin, sin embargo, el baúl fue cerrado y llevado cuidadosamente.




-¿Es cierto, Cornelia, que no tienes joyas? -preguntó su amiga. -¿Es verdad, como he oído decir, que eres pobre?




-No, no soy pobre -contestó Cornelia, y mientras hablaba acercó a sus dos hijos a su lado-, porque aquí están mis joyas, que valen más que todas tus gemas.




Los muchachos nunca olvidaron el orgullo y el amor de su madre, y después de años, cuando se convirtieron en grandes hombres, a menudo pensaban en esta escena en el jardín. 




Fernando Gatto
Kaia Joyas Uruguay 

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